domingo, noviembre 30, 2025
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El Cauca en caos

Juan Pablo Matta Casas

En el Cauca la vida parece avanzar con esa mezcla extraña de absurdo y terror que solo conocen los pueblos que han aprendido a convivir con el estruendo. Uno se despierta y no sabe si la madrugada vino acompañada de un gallo, de un disparo o de esas explosiones que ya ni siquiera sorprenden, porque aquí la sorpresa es un lujo que se gastó hace años. La gente se despereza como quien decide, con cierta resignación heroica, volver a participar en esta comedia dramática donde siempre pasa algo y casi nunca pasa lo que debería.

En Inzá, a alguien decidió lanzarle una granada, una instalación ruidosa y completamente prescindible que sacudió el pueblo entero. Las señoras salieron a la calle a mirar la humareda, los hombres comentaron lo ocurrido como si estuvieran narrando un partido de fútbol, y los más jóvenes intentaron adivinar si era mejor reír nerviosamente o guardar la compostura para no espantar a los vecinos. Inzá, de golpe, se sintió demasiado pequeño para sostener tanta detonación.

Caloto, Corinto, Padilla y Timbío continuaron con su rutina de hostigamientos, porque aquí la violencia no pide permiso ni anuncia su llegada. Simplemente aparece, se instala, se acomoda y hace lo suyo. Ya nadie pregunta por qué, todos preguntan hasta cuándo. Y en Rosas y El Patía, la carretera amaneció cerrada, como si el territorio se hubiera cansado de los pasajeros y hubiera decidido tomarse un día de descanso en señal de protesta.

Aquí la gente se acuesta con un ojo abierto y el otro vigilando las noticias, y aun así los sobresaltos se las arreglan para aparecer sin invitación, sin previo aviso y sin la menor cortesía. Mientras tanto, el Gobierno Nacional sigue en esa actitud contemplativa, como quien mira el fuego desde lejos y dice con cierta elegancia que, en efecto, está ardiendo. Hablan de paz mientras los municipios aprenden a dormir en el piso, hablan de transformaciones profundas mientras las carreteras se vuelven trampas, hablan de procesos mientras las familias se encierran esperando que la noche termine sin más sustos. Ese contraste entre la retórica suave y la realidad estridente ya es un teatro conocido, aunque nadie lo disfrute.

La única institución que todavía parece recordar que esto es un país y no un experimento social es la Fuerza Pública. Son soldados que suben y bajan montañas con la misma disciplina con la que otros bajan la basura, policías que sostienen estaciones que parecen más vulnerables que una piñata en fiesta de niños, patrulleros que recorren carreteras donde cada curva puede ser una emboscada. A ellos les toca la parte ingrata, la parte dura, la parte que no sale en los discursos.

Y frente a esta semana, que ya parece un capítulo extendido de la tragedia caucana, surge una conclusión sencilla, casi obvia, pero que parece haberse extraviado entre los discursos del poder. El Cauca necesita autoridad, no una autoridad arrogante ni ciega, sino la autoridad que protege, que ordena, que delimita, que se hace sentir donde la ley se volvió eco. El Cauca necesita un timón firme, un Estado que exista no solo en las firmas y en los decretos, sino también en las noches, en los caminos, en los pueblos olvidados.

Ahí es donde aparece el 2026, ese año que se acerca con la mirada expectante de quien quiere ver si por fin aprendimos algo. Será el momento de elegir un Senado y una Cámara que acompañen a un gobierno capaz de devolverle al Cauca su derecho elemental a vivir sin miedo. Porque después de ver lo que pasó entre Corinto, Inzá, Caloto, Padilla, El Patía, Rosas, Timbío y Mondomo, se hace evidente que el país no puede seguir votando por aplausos o por metáforas. Esta vez hay que votar por orden, por autoridad, por seguridad y por la simple y profunda aspiración de que el Cauca pueda, al fin, dormir y despertar tranquilo.

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