Ser quienes somos
La máscara, con el tiempo, se vuelve tan cómoda que ya no sabemos que es que ni desde cual lugar estamos habitando. Ese es el punto donde el artificio deja de ser recurso y se convierte en piel.

Por Mónica Mosso
La carretera hacia Santa Marta tenía ese brillo fuerte de espejismo que solo aparece cuando el sol está tan fuerte que lo puedes respirar. El paisaje vibraba como si el aire fuera visible debido al calor: montículos de vegetación, intervalos de polvo caliente y un horizonte que se abría igual que una promesa de viaje.
El aire olía a sal y a una mezcla de alguna fruta que no podía reconocer, la piel se volvía pegajosa, los vidrios del carro eran una frontera frágil entre este viaje, la conversación tenue, pausada y el mundo. Íbamos todos juntos, una familia que entonces todavía era mía por extensión, y algo en la cercanía forzada del carro —los codos rozándose, el sudor compartido, la música que nadie terminaba de elegir— hacía que el trayecto se sintiera casi un mundo propio en este gran mapa.
El mar era la meta: ese lugar donde cada ser humano a sentido alguna vez su propia finitud, pequeñez y también el ruido abandona el pensamiento para convertirse en una vibración de la búsqueda de sentido humano. No lo sabía entonces, pero a veces uno viaja hacia un paisaje creyendo que lo espera un descanso, y lo que encuentra, en cambio, es el asomo de una grieta.
La ciénaga se extendía a un costado, inmóvil y silenciosa, como si recogiera a través de los siglos los secretos del calor. Su quietud era una forma de plenitud, para mi de estar en paz, feliz y algo que yo no alcanzaba a nombrar, pero que se me iba acumulando debajo de la piel. Miraba por la ventana con la sensación de que algo —aunque no sabía qué, pero esperaba que fuera bello— se estaba preparando para ocurrir.
Porque tal vez esa sea la verdadera fuerza interior: seguir moviéndose, seguir sintiendo, seguir desbordándose, incluso cuando nadie más entiende el ritmo.
Llegamos al restaurante después de una jornada larga, con hambre, con el cuerpo lleno de sal y cansancio. Una escena familiar, con una unidad cálida y un poco ceremoniosa: mi timidez mezclada con el miedo silencioso a hacer algo mal, a proyectar una buena imagen, típico de esos primeros viajes que aún no se sienten del todo propios.
El sol caía a plomo, la ropa tenía manchas de agua y arena, y aun así había un alivio: comer, respirar, sentarse. Ordenamos algo sencillo, creo que patacones, y cuando el primer bocado tocó mi lengua, no lo pensé.
Empecé a moverme con alegría: pequeños saltos en la silla, un bailecito involuntario de placer, alegría ese gesto espontáneo que aparece cuando el cuerpo reconoce un instante de cuidado. Era una reacción simple, infantil, honesta…. Genuina
Quien estaba a mi lado me miró con sorpresa, un poco de alarma pero mucha vergüenza y esa mirada —no las palabras, sino el filo en ellas— partió algo en mí.
“Quédate quieta, te ves muy mal, todos te miran.”
Pero nadie me miraba. A nadie le importaba realmente. Solo a él.
Y aun así, en ese instante, aprendí que el gozo podía tener forma de error y vergüenza. El gesto inocente qué no pretendía ser nada más de lo que era, el cuerpo celebrando sin medida, se volvió una falta. Me senté derecha, con la comida aún en la boca, y sentí cómo se congelaba la alegría de a pocos.
Con el tiempo entendí que no era solo su frase, sino una lección invisible que muchas mujeres aprendemos, sin que nadie la pronuncie: no te desbordes. no rías tan fuerte, no comas con gusto, no bailes sin música, no llames la atención, no abras demasiado los brazos, no muestres tanto entusiasmo por algo tan mínimo.
Byung-Chul Han diría que vivimos en una época que exige control: cuerpos dóciles, emociones administradas, expresiones medibles. La espontaneidad se ha vuelto una forma de disidencia, una grieta en el orden de la compostura.
Y sin embargo, el desborde —ese movimiento del alma que no pide permiso— es la expresión más honesta de la vida. El cuerpo que se mueve es el cuerpo que aún siente. El impulso es la última forma que tiene la verdad de abrirse paso.

Durante años llevé conmigo esa pequeña vergüenza, esa incomodidad de ser vista en mí misma. Era como si el placer necesitara un permiso previo, una coartada desde lo moral. Y empecé a esconder mis gestos, a medir la risa, a filtrar la emoción.
Lo que en la infancia era impulso se volvió cálculo. No era hipocresía; era supervivencia. Nietzsche tenía razón al decir que todo lo profundo ama la máscara. La máscara protege, amortigua la mirada ajena, permite pasar inadvertida. Pero también crea una imagen distorsionada para si mismo y para quien se relacione.
La máscara, con el tiempo, se vuelve tan cómoda que ya no sabemos que es que ni desde cual lugar estamos habitando. Ese es el punto donde el artificio deja de ser recurso y se convierte en piel.
Goffman lo explica como la dramaturgia cotidiana. Todos representamos papeles, no por falsedad, sino porque la vida social nos exige sostener una versión de nosotros frente a cada escenario.
La máscara no es un disfraz: es una estrategia adaptativa.
Si conversamos un poco más con Jung, el va más lejos: la persona esa máscara social, no es el enemigo, sino un mediador entre el yo y el mundo. Sin ella, dice, quedaríamos expuestos al caos de la propia interioridad. Pero cuando la persona se rigidiza, cuando ya se usa sino que ella nos usa, entonces aparece la fractura: la sensación de estar habitando la vida como si fuera ajena.
Y muchas veces la máscara surge de un lugar más íntimo que la presión social. Es, en realidad, una respuesta corporal frente al peligro emocional. Cuando un gesto espontáneo recibe castigo —como ese baile mínimo sobre la silla frente a unos patacones, detenido por un comentario filoso tal vez sin querer— el cuerpo aprende a protegerse suprimiendo la expresión. Es la lógica del condicionamiento más básico: si el gozo produce daño, entonces se reprime el gozo.
No es madurez o buenos modos, es supervivencia y adaptación.
La psicología del trauma lo describe como “contracción expresiva”: la reducción progresiva de la espontaneidad para evitar una amenaza percibida. Cada vez que nos dicen “no te muevas tanto”, “no rías así”, “te ves mal”, el cuerpo se organiza para encajar. Y esa adaptación repetida, como señaló Butler, se sedimenta hasta configurar la identidad.
Pessoa, aquel poeta y pensador portugués —aunque profundamente marcado por su infancia en Brasil— entendía este proceso mejor que nadie. Para él, el yo no es una unidad estable, sino una constelación de voces que emergen y se repliegan como personajes internos con vida propia. Desde esa intuición creó la figura de los heterónimos: entidades completas, con biografía, estilo, temperamento y cosmovisión propia.
Nada resulta más fascinante que un escritor que, en lugar de buscar coherencia, decide fundar un universo poblado por sí mismo. Un genio que inventa su propio mundo para tener con quién dialogar, ¿no te parece, querido lector?
Pessoa no fingía diversidad: la producía. No jugaba a ser muchos; lo era.Los heterónimos no eran un juego literario: eran una forma de sobrevivir. Cada uno surgía de la necesidad de ser lo que no podía ser bajo una sola máscara.
Tal vez por eso lo siento tan conmovedor: porque muestra que el desborde —ese impulso de ser más de lo que la máscara permite— es inevitable.
Lo que no puede vivir afuera encuentra la manera de existir adentro, aunque sea fragmentado.
Cuando pienso en mi propia máscara, reconozco que se hizo presente en un gesto pequeño reprimido. Y que después vinieron otros silencios: la risa medida, el entusiasmo escondido, la duda contenida. Lo espontáneo —esa fuerza primera del cuerpo— se volvió algo que debía justificarse.
Winnicott llamaría a esto la creación de un falso self: una versión de uno misma hecha para agradar, para protegerse, para no molestar. El falso self no siempre miente: simplemente actúa como amortiguador entre el yo y un mundo que se siente amenazante.
Pero la vida tiene sus grietas.
Las máscaras, incluso las mejor hechas, siempre filtran algo.
En el otro espectro existe un término muy bello con el que me encontré leyendo para este escrito: mirada continente. En la psicología vincular, se llama así a aquella mirada que sostiene sin aplastar, que acoge sin absorber, que contiene sin restringir. Es la mirada que no invade, no corrige, no clausura; simplemente crea un espacio seguro donde el otro puede existir sin miedo a desbordarse.
Winnicott describía este gesto como una forma temprana de cuidado psíquico: cuando alguien nos mira así, no nos pide control sino presencia. Y ese tipo de mirada —rara, delicada, casi terapéutica— tiene la capacidad de reanimar capas del self que quedaron suspendidas entre dos fuerzas contradictorias: la espontaneidad infantil, tan viva, y la disciplina adulta, tan exigente.

Cuando aparece la mirada continente, el self verdadero encuentra de nuevo un territorio donde moverse. Las partes de uno que habían aprendido a encogerse pueden, poco a poco, estirarse otra vez. No porque se les ordene, sino porque sienten que no van a ser castigadas por hacerlo.
Estas reflexiones no son obviedades sino gestos políticos. Recuperar el movimiento del cuerpo es recuperar agencia. Segato insiste en que la primera violencia se ejerce sobre la expresión: controlar la risa, el gesto, el gozo. Por eso desbordarse es, aunque suene mínimo, un acto de presencia.
Gadamer hablaba del juego como un modo de verdad. En el juego, decía, no se busca probar nada: se revela lo que es. La realidad, por un instante, se suspende para permitir otras formas de ser.
El amor y la vida funciona igual: no exigen justificación, sino presencia. No demandan utilidad, sino entrega. Es un territorio donde el cálculo se detiene y lo espontáneo podría volver a ser posible.
Quizá por eso el desborde—ese gesto que nace sin permiso—es tan temido. Expone. Es vulnerable. Pero también devuelve al cuerpo que fuimos antes de aprender a corregirnos. Podríamos hablar de que en ese instante hay un momento de desocultamiento: algo del ser aparece sin mediación, sin máscara, sin la vigilancia del “uno”.
Pessoa escribió: “Vivir es ser otro”. Y esa frase adquiere otra luz cuando la leo desde la psicología: tal vez la cuestión no sea elegir un solo yo, sino permitir que los yoes internos —los heterónimos del cuerpo— existan. Que uno de ellos, al menos por instantes, no tenga que pedir permiso para existir.
No creo en la transparencia absoluta. Nadie es completamente visible; todos guardamos zonas de sombra. Pero sí creo en la confianza mínima donde uno puede dejar que lo vean un poco: una risa inesperada, una alegría tonta, un movimiento involuntario en la mesa al comer algo delicioso.
Esa pequeña fisura es suficiente para que el self verdadero asome y recuerde que sigue allí.
El desborde, entonces, no es una falta: es el alma recordando que está viva debajo de las máscaras. Es la insistencia de la espontaneidad reclamando espacio. Es el cuerpo diciendo: “aún puedo.”
Recuerdo aquella carretera, la ciénaga, el restaurante, el sol, los patacones. Y me pregunto si aquel bailecito mínimo —ese gesto de libertad antes de ese punto de quiebre— fue mi primera lección sobre el miedo a la alegría.
O si, por el contrario, fue la revelación de mi rebeldía callada: la que hoy me permite afirmar que no pienso quedarme quieta.
Porque tal vez esa sea la verdadera fuerza interior: seguir moviéndose, seguir sintiendo, seguir desbordándose, incluso cuando nadie más entiende el ritmo.
Una revolución que pasa por el cuerpo.
Por la grieta.
Por la máscara que, sin romperse, se estira, se transforma, cambia, se crea una y otra vez




