El testamento.
Por Juan Carlos López Castrillón
La muerte avisa cuando va a llegar, incluso cuando parece venir de repente. Así lo sintió Dionisia Pérez de Manrique, La Marquesa, cuando a sus 76 años se dio cuenta de que le faltaban las fuerzas y que el fin se acercaba. Por su memoria empezaron a pasar muchos momentos de su vida, la mayoría en medio de una constante y prolífica actividad, pero ahora parecía suspendida en un limbo. En especial el recuerdo de un amor juvenil venía constantemente y le hacía preguntarse qué habría sido de su vida si se hubiera quedado en Santa Fe con el, en lugar de haber venido a casarse a Popayán.
La mañana del 31 de marzo de 1744 no se levantó de la cama y le pidió a la negra Clarita que llamara al padre Agustín de Velasco, quien vivía en la misma casa. Se confesó con él y luego de rezar juntos le pidió que hiciera venir al escribano Miguel de Torres.
-No he hecho testamento, padre, pero llegó la hora-.
Con gran esfuerzo se incorporó para dictar su última voluntad, la cual se plasmó en un documento que reflejaba fielmente lo que había sido su vida. Invocó a Dios, a la Virgen, a la Santísima Trinidad y a todos los santos, para luego aseverar que no tenía heredero forzoso y que tristemente había perdido muy “tiernos” a los cinco hijos de su primer matrimonio.
Se preocupó por darle la libertad a sus esclavos más cercanos y asegurarles un pequeño patrimonio. A su sobrino Miguel Manrique le dejó algunos recursos y bienes, pidiéndole también que se encargara de la vejez de la negra Josefa. Asimismo, destinó varios miles de patacones de plata para su hija adoptiva María Antonia Borja y – por aparte – para los niños expósitos Rosa y Nicolás, cuya educación encomendó al padre Agustín.
Mandó entregar a los indígenas de Puelenje sus tierras de ese lado, al igual que a los de Chirivío, Poblazón, alto Coconuco, Chisquio, San Isidro y Quintana; y cumpliendo la voluntad de su esposo, el Marqués, envió a sus cuñadas en Granada una suma importante, así como a su hermana monja María Manuela, en Santa Fe.
Recomendó en forma especial los recursos para financiar el funcionamiento del convento de las Carmelitas Descalzas y del templo del Carmen, a los cuales adicionó alhajas y obras de arte para el culto. Al convento de la Encarnación le donó su querida estatua de San Juan Bautista y una buena partida para su sostenimiento y pidió a su albacea que garantizara los denarios suficientes para terminar los templos de San Agustín y del Carmen, donde quería ser enterrada.
Luego de hacer un balance de sus deudas, cuentas por cobrar y mandas ordenadas, procedió a nombrar como heredero único y universal de la enorme fortuna restante al Real Colegio de la Compañía de Jesús, reconociendo a su prior y rector como su albacea, tenedor y garante de sus bienes. Ello implicaba que la gran hacienda de Coconuco, la de Chipallauta, los ganados existentes, la casa enorme de la plaza mayor, los artículos domésticos, sus obras de arte, las otras casas que tenía en Popayán y las minas de oro de Quinamayó, Caloto y el Chocó, pasaban a ser propiedad de los Jesuitas.
Delante de seis testigos seleccionados entre sus amigos cercanos firmó su testamento y pidió al escribano que lo abriera cuando llegara el momento de su deceso. Solicitó al padre Velasco —quien además era licenciado— y a don Nicolás Ureña que velaran por el cumplimiento de todo lo expresado, pagando y cobrando lo que correspondiera.
Imploró que no se olvidaran de las 200 misas cantadas que deseaba en su honra y por sus dos esposos, para lo cual dejó una buena cantidad de monedas de plata a los padres Agustinos y al capellán del Carmen.
Al finalizar su dictado, estampó su firma con una mano temblorosa, agradeció a todos por la asistencia y les pidió que se retiraran, excepto al padre Velasco, a quien le dijo con voz tenue: —Me quiero confesar-.
—Claro que sí, Marquesa, pero ya lo habéis hecho en la mañana, recordó el sacerdote.
—Sí, lo sé… pero falta algo. Es muy sencillo… ¿Padre es pecado haber amado a alguien toda la vida en silencio? No quiero arriesgar mi sitio en el cielo-.
—No, mi señora, no es pecado-.
—Entonces… ¿me ayudaréis a hacer llegar una carta a Santa Fe?-.
Estaba por renacer y morir al tiempo una historia de amor.




