sábado, febrero 7, 2026
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Clientelismo, legalidad y ética

CARLOS E. CAÑAR SARRIA – carlosecanar@hotmail.com

 Se puede afirmar sin titubeos, que el clientelismo es una patología del régimen político democrático y aunque toda patología se considera un mal, esta modalidad de comportamiento es corrupción, pero necesariamente no lo es. Algunos tratadistas algo de positivo le atribuyen. Esta práctica en el caso colombiano ha estado arraigada a nuestra cultura política, a los partidos políticos tradicionales y a la denominada democracia representativa.

En la historia colombiana encontramos dos tipos : el clientelismo tradicional, expresado antes del Frente Nacional, caracterizado en primera instancia, por la intermediación y el intercambio de favores entre patrones y clientes, sin que el Estado desempeñe un papel central, debido a que los patrones hacían uso de sus recursos privados. Fuertes relaciones mediatizan las adhesiones y lealtades personales, tal como fueron las relaciones entre hacendados y campesinos y entre casi siervos y amos.

En segunda instancia, el clientelismo moderno, derivado del pacto del Frente Nacional vigente hasta 1991 y que comparte el poder entre los partidos políticos tradicionales. Sin rivalidad abierta entre los partidos, pero internamente expresa la lucha por el logro de los puestos de poder en el ansiado reparto del ponqué burocrático.

Relativamente desaparece el sectarismo, relacionado con las guerras civiles del siglo XIX y con la violencia política de la década de 1950. En este ambiente, partidos y políticos buscan adherirse a grandes sectores sociales, para consolidar lo que se entiende por sistema político clientelista. El Estado aquí ofrece los recursos que permiten la intermediación e intercambio de prebendas y favores por votos.

En este sentido, los líderes políticos se convierten en intermediarios entre el Estado y la sociedad para ejercer la política y lo político, es decir, se canalizan las demandas de los sectores sociales para que el Estado responda a ellas. La oligarquía política y elitista, a la que pertenecían personas prestantes gracias a su poder económico y social, paulatinamente viene a ser reemplazada por unos nuevos “profesionales” de la política que al acceder a los recursos de Estado, ejercen una labor de intermediación, dando cabida a la construcción de un sistema piramidal, que puede describirse así: presidente, senadores , representantes a la Cámara , diputados y concejales eran elegidos popularmente, mientras los gobernadores eran nombrados por el Presidente. La pirámide iba desde el Senado hasta los concejos, y la designación de gobernadores estaba supeditada a la capacidad de negociación de los líderes políticos con el Presidente; y en el caso de los alcaldes, de la capacidad de los diputados y concejales para negociar con el gobernador el nombramiento de los mandatarios locales.

Como consecuencia positiva del clientelismo, al igual que el Frente Nacional, contamos que efectivamente permitió superar los odios heredados y la violencia sectaria entre los partidos liberal y conservador, presentándose lo que algunos autores han denominado “despolitización bipartidista”; se expresa una creciente disminución del sectarismo como opción importante en el comportamiento político de los colombianos. Si bien es cierto que nuestros abuelos y padres y muchos de nuestra generación nacimos liberales o conservadores las recientes generaciones ya no nacen liberales o conservadoras y es muy poco lo que queda de estos rasgos de pertenencia básica.

De otro lado, el clientelismo le permitió al régimen político navegar entre la legitimidad e ilegitimidad, pues mientras contaba con legitimidad suficiente para reproducirse y subsistir, establecía a la vez condiciones para la ilegitimidad en la medida en que vastos sectores de la sociedad se apartaban del sistema político y comenzaban a cuestionar la institucionalidad vigente.

Otro efecto negativo del clientelismo ha sido la configuración de un sistema supremamente costoso en términos de generación de redes políticas de intercambio que demandaban grandes recursos para sostenerse y reproducirse, asunto que se vio reflejado en el creciente costo de las campañas electorales en general, al tiempo que el sistema disminuye su capacidad para despejar las expectativas del electorado.

Los principales conflictos de la sociedad colombiana han estado relacionados con los partidos políticos. Contradictoriamente, mientras el Frente Nacional acababa con la violencia política y el sectarismo, eliminaba también la capacidad de canalizar los grandes conflictos sociales y económicos por los que atravesaba el país. Francisco Leal al respecto afirma que el clientelismo nutrió el sistema, desprestigiando el régimen y debilitando al Estado.

El clientelismo, al generarse las Juntas de Acción Comunal, hizo posible que una sociedad poco acostumbrada a organizarse por sí sola, emprendiera mecanismos de acción colectiva en procura de solucionar los problemas existentes.

Desde el punto de vista de participación y representatividad política, el clientelismo termina convirtiéndose en un obstáculo en la esperanza de democratizar nuestra sociedad, debido a que imposibilita acceder a los cargos y puestos mediante criterios meritocráticos, privilegiando las recomendaciones, el pago o contraprestaciones a favores políticos o económicos y el acomodo casi siempre descarado de amigos y familiares, desde luego, con la plata del Estado. Los directorios políticos como maquinarias electoreras son expertas en clientelismo, en politiquería y en exclusión.

Clientelismo y nepotismo rampantes han sido y siguen siendo el comportamiento de la clase política colombiana. Escándalos salen a la luz cada día, un nuevo escándalo invisibiliza al anterior y así sucesivamente.

Desde luego que las recomendaciones clientelistas son delito; el tráfico de influencias atenta contra la ética y contra la ley.

Que en las altas cortes y en los organismos de control, como en otras entidades de la administración pública, desde hace mucho tiempo viene cabalgando el clientelismo a la lata. El yo te recomiendo y tú me recomiendas, mediatizado por intereses mezquinos no puede considerarse ni legal ni ético. Los dineros públicos son sagrados y la lluvia de puestos, prebendas y contratos para pagar favores o para acomodar amigos o familiares con recursos públicos, debe desterrarse de la cotidianidad nacional, si es que en verdad estamos pensando en democratizar este país.

 

 

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