“Chucho” Astaiza, es tal vez el más patojo de todos los patojos que con su chispa al vuelo y una capacidad impresionante para retratar con palabras las cosas cotidianas de su Popayán del alma, hoy nos cuenta parte de su historia personal
Por Antonio María Alarcón Reyna
Historia y familia

Yo nací aquí en Popayán el 25 de diciembre de 1940, mis padres fueron Humberto Astaíza Mosquera, quien fuera director de Leones de Popayán y un profesor reconocido; mi madre se llamaba Ana Julia Mosquera y ellos prácticamente fueron los que me dieron las primeras pautas educativas. Mi papá como formador desde el punto de vista académico y mi madre como formadora de personas.
Fuimos siete hermanos de los cuales uno falleció y todos nacidos en Popayán, cuatro mujeres y tres hombres: José María quien fue director de la Federación de Cafeteros del Cauca, Carlos Adolfo, fue subdirector del SENA de Antioquia. Mis hermanas, Teresa, Dina Socorro, Esperanza.
Mi núcleo familiar está integrado por mi difunta esposa Carmen Tulia Aragón López, mujer a la que amé toda mi vida, quien había nacido en Cali y hace muy poco hizo su tránsito al cielo. Mis hijos se llaman Jesús Andrés y es arquitecto; mi hija María Claudia en este momento está culminando una Maestría, fue profesora de la Universidad del Cauca y de la Universidad María Cano en sus inicios. Actualmente es profesora en la Escuela Nacional del Deporte de Cali y vive con su esposo Manuel Sevilla, un reconocido escritor y que hizo parte del Consejo Nacional de Patrimonio. Nietos hasta el momento no he tenido o mis hijos no han deseado tenerlos todavía; esperemos que las cosas se den, pero ya no existe esa obligatoriedad que uno tenía antes, de tener nietos; si llegan bienvenidos y si no pues lo que Dios diga.
Educación
Yo estudié primero con los Hermanos Maristas aquí en Popayán, donde mi papá se inició también como profesor, luego estudié bachillerato en el Liceo cuando dependía de la Universidad del Cauca, ahí me gradué de bachillerato y posteriormente hice mi carrera de Abogado en la Universidad del Cauca en la Facultad de Derecho.
Nunca litigué pues entré a trabajar como funcionario del SENA en calidad de instructor y después en los diferentes oficios que se me facilitaron hasta llegar a la gerencia del SENA. No tuve oportunidad de litigar, aunque muchas veces la gente me llamaba para alguna asesoría personal o para algún consejo o para que le emitiera algún concepto de ley frente a algún hecho que lo hacía, lógicamente sin cobro en ninguno de ninguna índole. Eso me permitió en cierta forma contactarme con algunos funcionarios o algunas personas que habían estudiado y me mantenía permanentemente actualizado que era una de las cosas que me facilitaban en el trabajo como administrativo.
Trabajo
También trabajé en la Arquidiócesis de Popayán en un momento muy importante de mi vida y allí creo que hicimos una excelente labor cuándo logramos que la Arquidiócesis se recuperara de la situación económica que en esos momentos padecía. Dicté clase en la Universidad del Cauca en la Facultad de Contaduría y también trabajé como docente en Autónoma Universitaria cuando se fundó la Facultad de Derecho y en la Fundación Universitaria que dictaba Administración de Empresas. En el momento ya reduje mi vida laboral y estoy disfrutando del resto de los años que nos quedan.
Tengo un recuerdo maravilloso de mi niñez, porque, en primer lugar, tenía unos padres que eran muy abiertos en su manera de pensar y además tenía la fortuna de que eran muy amorosos. En ese sentido pues uno se cría con esa cualidad tan importante que es recepcionar con afecto a las otras personas, lo que me ha permitido en cierta manera, llegarle a un conglomerado bastante interesante de Popayán, donde hemos podido congeniar, participar inclusive, como se dice ahora, con ese concepto no exclusivista sino con el concepto participativo y solidario.
En esa época vivíamos en la calle de San Camilo a dos cuadras de San José y allá hacíamos nuestros eventos deportivos en la calle y también jugamos fútbol. En esa época se jugaba en la calle con porterías y uno colocada dos piedras o dos ladrillos y eso creaba un ambiente positivo porque todos los vecinos de ese sector salían a vernos jugar; ahí surgieron muchos futbolistas importantes a nivel departamental como los López o los Sánchez y eso creó también otro tipo de ambiente, no solamente el deportivo sino que se facilitó para hacer cosas culturales interesantes, como las casetas de San Camilo en diciembre, donde el grupo de jóvenes de 14 a 17 años nos reuníamos y organizábamos una caseta cerrando la calle octava entre octava y séptima donde vivían los Diago, quienes acolitaban con otras familias interesantes de Popayán todos los eventos que nosotros hiciéramos, los Diago, Zambrano, Hernando Lora y un sin número de personas que recuerdo.
Puedo atreverme a decir, que las primeras orquestas conocidas a nivel nacional, llegaron precisamente en esas festividades de enero como eran los Teen Agers como otras otras, que en este momento se me escapan pero que en su tiempo marcaron historia en la ciudad de Popayán. Inclusive se hacían reinados y muchas veces las reinas que nosotros escogíamos salieron seleccionadas y eso fue muy importante, además colaborábamos con las carrozas y con las comparsas, que en aquella época salían de todos los barrios en dirección al centro de Popayán, donde celebran los maravillosos carnavales que después se abandonaron por diferentes razones y que fueron recogidos por otras regiones como Pasto y el mismo Cali, cuando hacen los famosos carnavales de las máscaras en Cali que inclusive, muchas fueron elaboradas por un patojo que le decían “Mano de seda”.
Las rumbas en esa época primeramente se hacían durante el día, casi siempre a partir de las 7 de la noche y más o menos a las 12 o 1 de la madrugada se terminaba. Unas veces se llamaban lunadas en otras ocasiones se tomaba traguito y cada persona llevaba su media de aguardiente y con eso disfrutamos, se puede decir sanamente, porque había una peculiaridad, la mayoría de las fiestas que hacíamos las hacíamos el grupo que vivíamos por ahí, que se llamaba la “Esquina del movimiento” y ahí teníamos un grupo de muchachas que salían con nosotros y que casi siempre iban las madres a acompañarlas con su pañoloncito y eso era un sentido muy respetuoso entre unos y otros y podemos decir que las cosas no iban más allá de un beso.
En esos momentos, las fiestas se hacían con la música nuestra y muchas veces se bailaba el bambuco, todavía se bailar el bambuco y lógicamente los porros; la gente acudía y la atención de las familias era muy sencilla, se llevaban tamales casi siempre, como como se acostumbra en Popayán y al finalizar salíamos todos a pie para cada uno para las casas porque la ciudad daba mucha seguridad. Incluso las mamás y todos salíamos a pie y sin dificultad alguna sin ningún tipo de tropiezo para nada.
Fui semanasantero porque patojo que se considere patojo debe serlo. Siempre acudía a la Semana Santa e inclusive nosotros éramos felices siendo pichoneros, diga usted a los 16 o 17 años la mayoría del grupo que vivíamos por ese sector salíamos a pichonear más que todo en San Agustín y después nos gustaba que nos dieran la posibilidad en los pasos de la Ermita, de San Francisco o en los pasos que salían de Santo Domingo. Para nosotros era un orgullo mostrar al otro día el moretón en el hombro y ahora es que entiendo cuando los cargueros se precian de tener ese callo que ha hecho que sea una parte herencial del esfuerzo que se hace para tener una procesión.
Igualmente, muchos alumbramos durante la Semana Santa y es de anotar, que en el Liceo de la Universidad del Cauca, el viernes Santo sacaban a alumbrar a todos los alumnos del bachillerato y salían los colegios de las Josefinas y de las Salesianas. Recuerdo mucho que en la vela se hacía una coronita de violetas que casi siempre se la obsequiaba a la novia, si uno la tenía, o se la obsequiaba a la mamá y al terminar las procesiones, uno la devolvía a la mamá o a la novia con mucho afecto, lógicamente con el recordatorio, que era la cera que cuando se alumbraba, las velas soltaban y corría a los bordes y eso se llama el moquito y cuando una muchacha le pedía el moquito, uno le regalaba el hilito de la vela y eso era el comienzo posiblemente de un gran amor.
Las procesiones eran de una solemnidad y respeto increíbles; recuerdo mucho que para esos días nuestros padres en primer lugar acostumbraban a llevarnos a lo que se llamaban “ejercicios espirituales” entonces uno está uno o dos días, además en las iglesias los padres dan unos sermones bellísimos y mi padre acostumbra a llevarnos como acostumbraban muchas familias como las de Otoniel Fernández. Todos esos grupos salíamos lógicamente a las ceremonias sacerdotales con mucho respeto, mucha dignidad y también recuerdo mucho que uno se vestía de la mejor manera; uno se ponía su vestidito y esa era la oportunidad de estrenar en ocasiones zapatos o estrenar vestido, sobre todo los jueves y viernes santos.
Los jueves era cuando se hacían las exposiciones de monumentos en las iglesias y los viernes santos que era la muerte de Cristo, uno acudía al sermón de las siete palabras que se pronunciaba en las diferentes iglesias y muchas veces, acudíamos a una iglesia que era digámoslo así, humilde, como era la iglesia de San Vicente de Paul de los ancianitos y ahí asistía la gente del barrio, apoyándolos con el arreglo del monumento o acudíamos a la iglesia San Camilo de los Hermanos Maristas, que era una iglesia preciosísima de corte gótico o a las otras Iglesias como San José, pero casi asistíamos todos y asistíamos con las novias, por eso es que se creó esa unión amorosa tan interesante, que muchos de nosotros nos casamos con las mismas muchachas que hicieron parte de eso que podemos denominar las bandas juveniles o las barras de la adolescencia.
Es curioso, yo cuando tenía más o menos 15 años, decíamos así, garrapateaba algo y voy a contar una anécdota que me pasó, que marcó mucho mi vida. A mí realmente me gustaba muchísimo la poesía, leía muchos libros de poesía, porque mi papá era un consumidor de libros bárbaro, no solamente histórico, porque él era un gran historiador, sino libros de toda índole que lógicamente lo fueron transformando a uno en su manera de ser, en la manera personal de actuar. Entonces un día escribí un artículo para un colegio y lo mandé, o mejor, lo llevé a El Liberal, pero antes de eso se lo estaba leyendo en el comedor a mi papá y él me dijo que el artículo era muy bueno y no me dijo más. Luego me contó que al maestro Valencia un poeta le había llevado un libro de poesías y le había preguntado qué le parecía y el maestro le dijo, los poemas están muy bonitos, pero no para publicarlos.
Cuando mi papa me contó eso, ¿qué me quiso decir?… que el artículo no estaba tan bueno para publicarlo, pero mi mamá que se encontraba en la cocina haciendo los menesteres del almuerzo, desde allá me dijo, mijo, mándelo al Liberal que ese artículo lo siento y cuando uno siente las cosas, gusta.
Entonces en ese momento yo me puse a pensar y lo mandé al Liberal o más bien digo, lo llevé al periódico El Liberal; no recuerdo bien si el director era Fernández Cifuentes y cuando él que era muy educado y no me conocía, pues yo era relativamente joven. Me dijo venga mañana y yo fui al otro día y me dijo, oiga, este artículo está muy bonito, lo vamos a publicar; pero pasaban los días y no lo publicaban y mi mamá, desde esa época salía a comprar El Liberal todos los días, hasta que un día llegó mi mamá por la mañanita con el periódico, que lo compraba antes del desayuno, pues por la casa pasaban el voceador gritando El Liberaaal.
Entró y le dijo a mi papá, vea Humberto, el artículo que no te gustó lo sacó El Liberal, al ratico llegó un tío mío que se llamaba Joaquín Mosquera y eso fue como ganarnos la lotería, fue una felicidad inmensa, sobre todo porque en esa época, escribir en El Liberal no era fácil, porque tenía un grupo de escritores fantásticos.
Fue un triunfo personal para mí y empecé a escribir poesías y cosas así que las publicaba en el Liceo, algunos comentarios unos jocosos otros serios pero un año en que no estudié porque mi papá deseaba que yo estudiara ingeniería y yo para para eso no era tan bueno y entonces ese año me dediqué a otras cosas y entre ellas a leer a escribir, a asistir a cursos así sencillos cuando un día mi mamá me vio que estaba escribiendo un artículo, perdón, un verso y a leerlo le encantó. Pero mi mamá era muy práctica y yo llevaba seis meses sin trabajar, sin hacer nada, sin seguir estudiando la carrera ni cualquier cosa y entonces mi mamá me dijo, vea mi hijo, lo felicito porque usted sabe escribir pero la literatura no le da nada sobre todo en este medio, póngase a trabajar y entonces llamó mi hermana Dina y le dijo, Dina, enséñale mecanografía y dejé de escribir. Después pasé a la Cooperativa de Artesanos y ahí inició otro tipo de carrera.
Con el tiempo y luego de vincularme laboralmente al SENA, me dieron la oportunidad de dirigir algunos periódicos al interior, de escribir cosas que gustaron a nivel nacional. Por ejemplo, aparecí en dos selecciones de poetas del SENA y después me gané un premio nacional en un concurso nacional de poesía de los ex alumnos del SENA y así tuve actuaciones muy esporádicas pero que me fueron llenando poco a poco de satisfacción y lógicamente El Liberal que me dio cabida. Don Pacho Lemos me dio cabida y empecé a meterme a escribir artículos más que todo de un sabor patojo, contando las cosas que pasaban en Popayán y sobre todo de esa clase media nuestra, que para muchos no le daban trascendencia en ese momento y uno sufría en cierta forma la indiferencia de las personas que lo leían, cuando no le decían conceptos favorables sino que simplemente era que “cometí un verso” y una palabra que empezó a circular mucho y que inclusive ahora que me da la oportunidad, sirve para decirle a los demás, que a mí me parece que fue un grave error convertirnos en demasiados críticos, pero no críticos con razonamientos muy imparciales, sino críticos con cierta soberbia que no hacían sino crear sinsabores y que muchas veces castraron la posibilidad de grandes promesas literarias que se quedaron en los pininos y que no pudieron cultivar la escritura.
No estoy diciendo que soy un magnífico escritor, no estoy diciendo absolutamente nada, en mi modestia digo que me gusta escribir y que me gusta escribir lo de la clase media de la que le hablaba, que son esas otras cosas que nadie cuenta, esas cosas que pasan en los barrios, que pasan de los vecindarios, esas cosas que la gente decía y hacía o dejaba de hacer, pero hay una cosa que quiero recalcar aquí: hace unos días una persona muy importante de Popayán, dueño de una gran empresa me decía, es que a veces no escribís sino chismes y yo le pregunté ¿qué es chisme para usted? Entonces él se confundió y no sabía qué decirme y le dije, es chisme si yo hablo mal de usted y digo cosas que no debo decir, por ejemplo, de su vida privada o digo o le empaño la vida a una señorita con comentarios indebidos o a una persona metiéndolo en problemas, sino que para mí escribir, es decir que esta persona hizo tal y tal cosa, siempre buscando el lado amable y el lado positivo y además los datos que doy con fecha son datos históricos que le pido el favor de verificar para que me diga si lo que escribo son chismes.
Un poco después me dijo, hola Jesús, me puse de pura vaina a ver tus datos históricos y todos son ciertos como la historia de Popayán contada por vos y muy jocosamente. Entonces aquí en Popayán creen que todo lo que se dice es chisme, pero no es chisme.
Qué pasa si uno cuenta que esa muchacha ganó un premio como cantante en un sitio determinado o que uno de Popayán triunfó o que uno de los que publican cuentos lo han sacado en un libro, en una revista y son cosas que deben contarse para la historia de Popayán porque es la otra cara de la historia que hacen parte de la misma moneda.
Que la esencia de esta ciudad en donde si estamos hablando de inclusión y unos y otros debemos participar con nuestros comentarios nuestras ideologías nuestras maneras de pensar siempre y cuando no le hagamos daño a nadie.
En temas de la política aprendí una cosa muy interesante de mi papá que nos dio libertad política. Aunque mi familia desde el punto de vista de mi padre la mayoría eran conservadores y desde el punto de vista de mi madre lo mismo, pues en mi casa mi papá salió liberal como algunos hermanos liberales y con nosotros pasó lo mismo. A mí me decía una persona muy interesante para mí, que fue senadora me decía, es que es un usted es un liberal conservatizado, muy tranquilo, muy ordenado, usted es muy muy religioso.
O sea que políticamente tengo una concepción liberal abierta y así lo hice en el SENA de recibir a todo el mundo, de darle a todo el mundo sin ningún tipo de discriminación, por ejemplo, ahora que me hace esa pregunta aunque no participé de ningún partido político les colaboré a la mayoría de los políticos y hay una cosa que debo contarle que es importante ahora que estamos hablando de inclusión, los primeros negros que vinieron a estudiar a Popayán desde la Costa Pacífica, los trajimos a nosotros en 1967 y la mayoría se graduaron y algunos fueron alcaldes del mismo Guapi.
Los primeros afrodescendientes del norte del Cauca y del Patía, nosotros los trajimos y estuvieron en internado del SENA, así mismo, lo hicimos con los indígenas, nosotros por ejemplo trajimos al internado los primeros indígenas por allá en 1968 y venían de allá todavía usaban taparrabo y para nosotros fue muy satisfactorio. Claro que aquí ya les enseñamos a utilizar los baños, a utilizar el modo de vida diferente. Floro Tunubalá es un ejemplo de eso y después, con Gustavo Wilches, apoyamos un gran número de indígenas como María Antonia Tumiñá que era una gran tejedora y después trajimos la confección de trajes a través de los tejidos.
Mi vida laboral terminó en el SENA, en 1995, trabajé 30 años y para mí fue satisfactorio fue una de las mejores instituciones del país porque fue la primera que empezó a trabajar con amplitud para el ingreso a las personas en el sentido que lo recibía a partir de los 14 años y no importaba los conocimientos porque cuando veíamos que le faltaba algún conocimiento se les entregaba. Hicimos una labor muy interesante que eso sí se puede llamar que era una verdadera labor social.
Respecto a los artículos que escribo a mí me ha pasado un caso muy curioso: algún día a raíz de la de una de las publicaciones mías estando en Bogotá me encontré con una persona y la mamá era oriunda de Popayán; su familia era bogotana y cuando me la presentó Jesús Antonio Illera, la hijita le pregunta si él es el que escribió ese artículo, se refería a un artículo que había escrito sobre diciembre con el título de Diana, que es buen artículo y en su momento llamó la atención.
Aquí en Popayán y en Cali me pasó lo mismo hace unos tres años o tal vez más, antes de la pandemia, se presentaba la Tuna Universitaria de Popayán en un evento patojo para traer regalos a Popayán yo entré ahí y no sabía que en ese momento estaban tocando Popayán de Encanto que es una canción cuya música es de María Alicia Hernández y yo hice la letra y cuando estaba allí, me llamó el abogado Alberto Castro y dijo que allí estaba yo, entonces para mí fue muy importante salir y todos los patojos me abrazaban, eso fue muy interesante pues la gente empezó a acercarse y a comentar y nos reunieron para que les hablara de Popayán, pues qué es lo único que yo hacía, hablar, y vuelvo y repito, no de chismes, es hablar de ese Popayán que usted ya conoce de lo que yo escribo y aquí en Popayán me han pasado casos importantes de gente que se ha prestado y ha sido muy gentil, muy generosa conmigo, para con lo que yo escribo, no deja de haber crítica, lógico.
Alguna vez se me fueron algunos errores y me llamaron a corregirme, y yo agradezco porque también tengo derecho a equivocarme. Eso ha servido para que cada vez trate de pulirme y además he encontrado con la ventaja de ustedes que me colaboran con la redacción, porque muchas veces uno, lo voy a decir no con atrevimiento sino con tranquilidad, que las personas me han corregido les he aceptado las correcciones y en ningún momento me he portado con actitudes indiferentes ante eso, porque eso me va enriqueciendo a mí.
Escribí un artículo muy bonito sobre el barrio Bolívar y hablé del puente del Humilladero y cuando dije que el puente no lo habían hecho los esclavos porque la liberación de los Esclavos se había hecho en 1851 y el puente el humilladero se empezó a construir el 16 de noviembre de 1868, durando la construcción hasta 1873, siendo totalmente finalizado e inaugurado el 31 de julio de 1873, y en esa época también comenté que Bolívar no había pasado con el puente del Humilladero porque había muerto en 1830 ese artículo creó cierto sin sabores de alguno historiadores pero después la gente aceptó lo que yo estaba diciendo porque como le digo yo casi siempre me baso mucho, investigo que me equivoqué, me equivoco y para que los comentarios históricos que haga se aferren a la verdad sea lo más fidedignos del caso. Entonces sí he recibido comentarios, pero han sido más los favorables que los desfavorables y mucha gente que tiende a negar las capacidades, pero eso es normal, eso existe en este medio.
Edité hace unos años el libro “Popayán desde la Esquina” con una compilación de los artículos que me han publicado en varios periódicos de la región y para mí ha sido muy importante; tuve la fortuna que el primer día se vendieron todos los libros que llevé y fue una cosa novedosa, al punto que fue necesario hacer otro tiraje del libro. Además, el precio se facilitaba porque el objetivo mío no era hacer negocio, sino dar a conocer esa imagen del Popayán que a veces se nos escurre entre los dedos.
Cuando escribí por ejemplo el artículo de las granadillas, yo no me imaginé que una de las señoras que vino a un Congreso Gastronómico, ella se llevó tres libros por el artículo de las granadillas y uno de los señores importantes que no recuerdo y falleció hace poco, que estuvo aquí en Popayán en el Congreso Gastronómico se llevó el libro por el artículo “Popayán de mis olores” y el hombre se llevó ese libro porque decía que le parecía una fantasía, que a través de ese texto hubiera hecho un comentario que a él la llamó poderosamente la atención.
Fíjese que cuando hubo la pandemia, había escrito un artículo que se llamada “El tapabocas” y me llamó una señora que si no me olvido, se llama Amparo Mazorra desde el Huila, a decirme que el artículo era fantástico, que todo los yo decía allí en todo sentido, comentando el tapabocas desde la época de la Biblia, digamos así cuando se tapaban la cara con los pañolones y toda esa vaina o sea son cuentos que no solamente rememoran Popayán sino que lo vinculan con otras culturas que es lo que uno pretende.
Por ejemplo, ahorita que estamos tratando de escribir algo sobre semana santa, comentar que Simón Bolívar conocía a Popayán antes de llegar aquí, entonces me preguntan por qué y estoy soltando la chiva, porque hay un patojo que se llamaba Manuel Mayo que fue quien presentó a la reina de Palma y ese no hacía sino hablarle de Popayán. Y después a través de otro patojo, qué es lo que estoy tratando de comentar la importancia, cuando Camilo Torres lo recibió que venía derrotado desde Venezuela, le dijo usted es un hombre desgraciado, pero es una persona importante le dio el nuevo impulso para salir adelante y ya le hice otros comentarios
Tuvimos también la suerte de que Manuelita Sáenz su padre había vivido en Popayán, el propio papá de ella, no así su mamá y su mamá natural digamos, así que era ecuatoriana, pero la madrastra era Patoja, era de Popayán y ella fue quien la crio y le enseñó los primeros modales y le enseñó a tejer y a cocer.
De mis tiempos de jugador de fútbol era defensa central, se decía antes líbero y ahí me ubicó el “Tanque” Ruíz, un argentino que llegó a trabajar a Popayán en esa época. Yo empecé a jugar fútbol en el Liceo, tenía 14 años y otra cosa curiosa, yo por ejemplo usaba gafas desde niño, porque el ojo derecho mío prácticamente no veía muy bien. Jugando en la calle mi hermano Chepe, sin querer, me dio un balonazo y me rompió las gafas y me corté un poquito el párpado, desde ahí empecé a jugar sin gafas y con esfuerzo logré llegar a la Selección Cauca; fue muy interesante participar porque fui a campeonatos en Cali, Pasto, Neiva, Bogotá, Medellín, Ibagué, entonces realmente eso me llenó muchísimo.
Además, me dio la oportunidad de subirme por primera vez a un avión y contar que uno no veía sino cielo y tierra y contar cosas sencillísimas, pero que eran parte de la felicidad de uno. Después cuando fuimos a Pasto que también fue muy accidentado porque el avión intentó aterrizar tres veces y le tocó devolverse e irnos en bus y por fortuna el partido lo sacamos también
Eso era muy importante porque el fútbol en el Cauca era reconocido a nivel nacional. Después participé como directivo, pero hablando de esa época, por ejemplo, tengo una foto donde está Luis Bermúdez que jugó en el Deportivo Cali, Henry Barco que jugó en el Atlético Nacional, Salcedo que jugó en el Once Caldas, Lizcano que jugó en Millonarios, Segovia que jugó en Millonarios, Pantera Bermúdez que jugó en Boca Juniors, Reynaldo Bermúdez que jugó en el Boca y jugadores que no quisieron ir y que eran de talla nacional y con los que compartí muchos partidos.
Felipe Solarte Nates lo define como un escritor de tiempo y lugar en el siguiente texto:
Leer las crónicas de “Chucho” Astaiza, como cariñosamente lo llaman sus amigos, es adentrarse en los tiempos de la niñez del Popayán, de los años 50 y 60, la ciudad cuyo calendario fluctuaba entre las fiestas de Reyes y la Semana Santa y en las tiendas, en las estanterías de madera, convivían el arroz, la manteca y el azúcar con el jabón de tierra y los lazos de “cabuya”; y en las vitrinas y tarros de vidrio refulgían los liberales, bocadillos, colaciones, mantecadas y demás surtido del prolífico y “diabetizante” mecato patojo.
Tiempos idos cuando las barras de amigos de la cuadra y el barrio, al salir de las clases de “la Pombo” y otras escuelas se volcaban a sus calles transitadas por contados vehículos a jugar a las escondidas, “la lleva”, con las bolas de cristal al “pepo” y a los “cinco hoyos”, al trompo quiñador y del aire a la mano, y principalmente: al futbol, soñando con llegar a ser como Pedernera y Di Stefano, cuando eran estrellas del “ballet azul” en los años del “Dorado”.
También eran los años de la niñez y adolescencia cuando los días nos duraban bastante y además de las obligaciones en la escuela, daban tiempo de pararse en una esquina o sentarse a conversar, mamar gallo y bautizarse con certeros apodos, haciendo gala de la chispa patoja, adornada por una cantidad de dichos, refranes y palabras propias que tienden a desaparecer y que cada ocho días, Jesús las resucita del olvido en sus amenas columnas que después de empezar a publicar cada mes en “La Nigua”, los domingos nos las ofrece en el Nuevo Liberal de Popayán.
En 2022 con publicación de Popayán Positiva, el abogado Jesús Astaiza Mosquera, egresado de la universidad del Cauca, de la cual fue docente y por varios años subdirector del SENA, recopiló en el libro “Popayán desde la esquina” una selección de sus crónicas publicadas en diferentes medios sobre ese Popayán que se niega a morir resucitado gracias a su prodigiosa memoria y graciosa chispa con la que nos traslada al pasado.