Juan Pablo Matta Casas
A los dictadores les sucede algo curioso con los mapas: nunca les parece suficiente el territorio sobre el que mandan. Daniel Ortega tiene a Nicaragua sometida a la voluntad de su círculo familiar y, sin embargo, encuentra tiempo para mirar hacia el Caribe colombiano. Es una vieja enfermedad del poder: cuando se acostumbra a disponer de todo, termina creyendo que también puede disponer de lo ajeno.
Por eso la imagen del presidente Abelardo de la Espriella hablando desde un buque de la Armada, frente a San Andrés, tiene una fuerza que no cabe en los manuales de protocolo. El presidente fue hasta donde empieza Colombia para decir que allí está Colombia. No parece una hazaña extraordinaria, pero en un país que durante años ha mirado sus fronteras con la distracción de un propietario ausente, es una declaración que merece ser escuchada.
Hay frases presidenciales que nacen muertas, condenadas a dormir entre los archivos de las oficinas públicas. Esta no. Cuando Abelardo anunció que su gobierno establecerá las líneas de base del archipiélago y que Colombia hará respetar lo que le pertenece, habló de algo que no necesita traducción: la dignidad de una nación. En el mar no hay lugar para la tibieza. Se está presente o no se está.
Me gusta esa idea de un presidente que se planta ante el horizonte y recuerda que la bandera colombiana no es un adorno para los días festivos. Es el símbolo de una soberanía que tiene nombres y apellidos: los pescadores de San Andrés, las familias de Providencia, los raizales, los marinos que pasan la noche vigilando aguas que millones de compatriotas jamás conocerán.
A Ortega, en cambio, quisiera preguntarle qué clase de patriotismo puede predicar quien ha hecho del poder una herencia doméstica. Su gobierno ha cerrado espacios para la oposición y ha tratado la discrepancia como una amenaza. Ese es el contraste que me resulta insoportable: hablar con solemnidad de derechos soberanos mientras en casa se restringen libertades. La geografía, por desgracia, no tiene tribunales para juzgar la hipocresía.
En Colombia somos capaces de enfrentarnos por cualquier cosa. Por un ministro, por una reforma, por la manera de pronunciar una frase. Algunos convierten la discusión pública en una guerra de vecinos que nunca termina. Pero el Caribe no pertenece a una facción. Ningún partido ha puesto allí sus estrellas, ningún candidato ha inventado sus corrientes, ninguna mayoría parlamentaria puede apropiarse de su historia. Ese mar es de la nación.
Y una nación que se respeta necesita Fuerzas Militares a las que respete. A mí me conmueve más la figura de un marinero que sale de patrulla que una docena de discursos solemnes pronunciados bajo techo. Porque en el momento decisivo no es el comentarista de televisión quien debe enfrentar la incertidumbre del horizonte. Es el hombre o la mujer que lleva el uniforme, conoce su misión y sabe que detrás de su barco hay un país entero.
No se trata de celebrar la guerra, como podrían imaginar quienes confunden firmeza con violencia. Se trata de evitar que alguien se atreva a provocarla. Una Armada preparada, una Fuerza Aérea vigilante y un Ejército respaldado por su pueblo constituyen la mejor advertencia contra quienes podrían confundir nuestra vocación pacífica con debilidad. El respeto internacional también se construye con la certeza de que Colombia sabe cuidarse.
Las pretensiones de Managua deben encontrar enfrente una Colombia serena, pero resuelta. Los pleitos podrán discutirse donde corresponda, sin que el país renuncie a defender sus intereses. Lo esencial es no perder de vista a quienes habitan el archipiélago. Para ellos el mar no es una metáfora ni una disputa de cartógrafos: es la ruta de regreso a casa, el sustento de sus hijos, el paisaje de toda una vida.
Quizás esa sea la diferencia entre un caudillo que mira el mapa buscando hasta dónde llega su poder y una república que mira al mar para recordar a quién debe proteger. Cuando se apague la agitación de estos días, quedarán las islas, sus habitantes y los hombres y mujeres que custodian nuestras fronteras. Que nunca tengan que preguntarse si su país está con ellos.
Y conviene decirlo sin rodeos: el presidente merece respaldo en esta determinación, así como los militares merecen confianza, recursos y el reconocimiento de una patria que jamás debería abandonarlos.
Colombia debe estar. Siempre.

