La partida de Armando Jiménez Otero deja un vacío imborrable en las calles de Popayán y el norte del Cauca, donde su figura menuda y su zancada incombustible se convirtieron en el símbolo vivo del atletismo, la disciplina y el calor humano.
Por Antonio María Alarcón Reyna
Las calles que extrañarán su zancada
Hay personajes que no necesitan monumentos de bronce porque se convierten, por derecho propio, en parte del paisaje cotidiano de un pueblo. Armando Jiménez Otero era uno de ellos. Durante décadas, ver amanecer en Popayán o en los caminos polvorientos del norte del Cauca era ver aparecer a «Paticas»: una silueta menuda, enjuta, ataviada apenas con su infaltable pantaloneta, devorando kilómetros con una cadencia cansina pero inagotable. No importaba si el cielo amenazaba con la llovizna helada de la cordillera o si el sol del mediodía quemaba sobre el asfalto de Santander de Quilichao; Armando corría. Corría como quien respira, como quien cumple una devoción sagrada con la tierra que pisaba.
Hoy, un silencio amargo y denso se apoda de las aceras de la Ciudad Blanca. El atletismo caucano está de luto. Esta madrugada, en una sala silenciosa de Popayán, la zancada de Armando se detuvo para siempre tras librar una batalla desigual contra quebrantos de salud. Una partida dolorosa, empañada por la indignación que deja saber que, en sus últimos días, su familia tuvo que acudir al clamor de las acciones tutelares y la presión legal ante la Nueva EPS para arañar la atención médica y la cirugía que merecía. El país del olvido administrativo suele ser inclemente con sus héroes cotidianos, pero ni el desencanto de un sistema indolente podrá borrar la huella imborrable que sus pies descalzos de vanidad dejaron en nuestra memoria colectiva
El rincón de la redacción y la chispa en la mirada
Quienes habitamos el viejo edificio del periódico El Liberal recordamos con una mezcla de nostalgia y sonrisa apretada sus visitas intempestivas. Cruzaba la puerta de la redacción con el sudor aún fresco en la frente, vistiendo esa eterna ropa deportiva que parecía su única piel. Allí no era el dirigente ni el técnico formal; allí era cariñosamente «Paticas» o «el barbao Jiménez».

«Iba siempre en pantaloneta, desafiando el frío de la mañana payanesa, con la picardía en la mirada y un soplo de aliento para cada joven que cruzaba su camino. Su figura era pequeña, pero su zancada medía leguas de generosidad».
Tenía el don de la palabra rápida y la chispa del caucano curtido. Poseía una picardía mordaz, sin veneno, pulida en la convivencia diaria con la gente de a pie. Siempre tenía un chiste a flor de piel, una broma a quemarropa para desarmar la solemnidad de los redactores o una anécdota inverosímil sobre alguna maratón de pueblo. Armando traía a las páginas de tinta la frescura de la calle, el olor a hierba mojada de la pista de atletismo y ese entusiasmo contagioso de quien cree, con fe ciega, que el deporte es el único camino para salvar a un muchacho de los abismos de la vida.
Sembrador de sueños en el norte del Cauca
Hace ya varios años, llevado por su espíritu inquieto y su vocación de maestro itinerante, empacó sus pocos pertrechos y se marchó a trabajar al norte del Cauca, Suarez, Santander de Quilichao y los municipios vecinos lo acogieron como a un hijo predilecto. Allí no llegó a buscar gloria ni aplausos, sino a hacer lo que mejor sabía: organizar carreras con presupuestos amarrados con hilo, trazar circuitos en las veredas, convocar a la juventud y formar atletas desde la nada.
Se le veía madrugar a marcar la salida con cal o a gestionar con los comerciantes locales un trofeo modesto o unas naranjas para la llegada. Pero su mayor tesoro no eran las medallas; era su calor humano. Armando era un hombre de estatura modesta, pero de un corazón gigantezco que no le cabía en el pecho. Apoyó a niños que no tenían zapatillas para entrenar, motivó a adolescentes desorientados para que encontraran en la pista un refugio, y contagió a adultos mayores con las ganas de ganarle una batalla más al tiempo. Su enseñanza nunca fue autoritaria; enseñaba desde el afecto, desde el abrazo fraterno y la palabra precisa al borde de la pista cuando las piernas de sus muchachos amenazaban con doblarse.
El legado de una antorcha que no se apaga
Cuesta trabajo imaginar las carreteras del Cauca sin la figura de Armando bordeando la berma, con la mirada fija en el horizonte y la barba entrecana agitada por el viento de la marcha. Cuesta aceptar que ese catalizador de alegrías, ese promotor incansable de la vida sana, haya tenido que tropezar con la burocracia de la salud en el tramo final de su existencia.
Sin embargo, cuando la tristeza del momento comience a amainar, lo que prevalecerá será el brillo de su ejemplo. Jiménez Otero deja un legado invaluable de disciplina, entrega desinteresada y amor puro por la juventud caucana. Nos deja la lección de que no se necesitan grandes presupuestos para transformar vidas, sino la convicción profunda y el amor por los demás.
Hoy las pistas de atletismo de Popayán y del norte del Cauca guardan un minuto de silencio, pero las calles —esas que conoció centímetro a centímetro— seguirán guardando el eco lejano de sus pasos firmes.
Descansa en paz, querido Armando. Vuela alto, «Paticas». A tu familia, nuestro abrazo de fortaleza en esta hora oscura. Tu carrera en la tierra ha terminado en el podio de los hombres buenos, pero en el norte del Cauca y en cada rincón donde un niño se calce unas zapatillas para correr tras un sueño, tu recuerdo seguirá cruzando la meta en primer lugar.